Bocas que se miran

Siento tu mirada cerquita mio.

Tu mirada me da el calor que no me deja sentir la noche. Recorre mi cara, en un ímpetu de intentar conocerla para registrarla porque tu mirada en mis ojos es cosa nueva.

Mi mirada también te mira. Busca disimuladamente un gesto, una mueca, para darse cuenta de si nuestras miradas quieren lo mismo. 

Ya casi agotamos las palabras, nuestras miradas consumen el espacio.

Por si hay necesidad de escuchar algo que no sea nuestra respiración está la lluvia, que choca, con el toldo que nos protege la piel. Una piel que pide ser expuesta, ser tocada.


Entonces mi mirada mira tu boca mientras ella habla, y cuando tu mirada se da cuenta de que la mía miro tu boca. 

Miro la lluvia. 

Cae casi

como si tocara la batería

y bailara al mismo tiempo. 

Choca contra el toldo 

y el piso

y los autos y los caños,

y los vidrios y la mesa del bar. 


Pienso mientras miro las mesas vacías “que suerte que son las cuatro de la mañana” así las únicas miradas que hay en estas calles son las nuestras.


La boca que mire parece no cansarse de decir palabras. Mi mirada quiere mirarte una vez más pero le da vergüenza. Y entonces, cuando es mi boca a la que le toca hablar me doy vuelta para mirar tus ojos y tus ojos miran mi boca. Y nuestras bocas se miran.


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